Asere, voy a pensar en serio que singo rico

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ArtCover por La Mamarracha

Por Ricardo Acostarana

Tengo un socio que ha conocido Cuba a través de las jevitas que ha tenido. En 10 años ha montado más ómnibus nacionales y camiones que un pelotón suicida de Destino Especial del Ministerio del Interior (MININT).

Una bióloga en Ciego de Ávila, una antropóloga en Holguín, una veterinaria en Camagüey, una striper guantanamera, la única Especialista B en Explotación del Transporte en la Isla de la Juventud y una doctora pinareña. Esta última, por desgracia para él, recién se mudó para la capital y como allá eso está en candela por el taxista tarrú que pegó Coronavirus a diestra y siniestra, aún no conoce las tres calles de la más occidental de las provincias, ni los bares mikis de Viñales de los que ella le cuenta.

El otro día, sentados en el muro del malecón como meses atrás no hacíamos, me contó que la jevita, aunque recién llegada de la periferia, tenía jet lag y todo. Dos viajes a Londres, uno a Miami y otro a Sri Lanka. Parece que la madre es representante de alguna firma importante y cada cierto tiempo Salud Pública le da salvoconducto a la hija, y a “fastear”.

Mi amigo me contó esto con lágrimas en los ojos. El tipo está regulado por el gobierno por declararse categóricamente gusano y no sabe cómo, ni mucho menos cuándo, podrá colarse en un avión para dejar de ser “un singao náufrago de esta Isla/Cárcel”, como a veces suele definirse.

Hace poco estuvieron dando vueltas por varias tiendas de La Habana porque la doctora está encarnada en comprarse unas zapatillas deportivas, pero solo fueron a mirar, en lo que la niña espera que le entreguen la tarjeta de Moneda Libremente Convertible (MLC). Colas en el Habana Libre, colas en el Cohíba, el acabose en el Comodoro, pero hay que hacerlas porque mi amigo es un caballero y tiene que impresionar a la recién llegada.

Cuando caminaban por el Miramar Trade Center, el “gual estrí” de La Habana, un almendrón paró en seco en el estacionamiento del lugar y de adentro salieron dos niñitos, apenas tendrían 20 años, según mi amigo.

La jeva me miró asere, y por poco me parto de la risa, me dijo. Esos chamacos estaban vestidos como para casarse. Nadie se viste con traje y corbata en Cuba si no es pa salir en la Mesa Redonda o hacer el paripé de bodorrio, ¡y qué cheos, consorte! El muchachito con una corbata verde hasta el cinto, anchísima, igual que el pantalón, casi bombacho, con unos zapatos negros sin lustrar y un pelao a lo Yonki. A la otra parte del pastel, la que parecía la suegra le estaba haciendo unos moños, ¡unos moños!, con laca y todo. Aunque eso sí, los dos llevaban sus nasobucos, ¡verdes los dos!

A mi amigo le aterra casarse algún día. Dice que sería la peor decisión de su vida y que no quiere volver a pasar por la vergüenza de decir que no, como tuvo que hacer, así, de pegueta (como si las probabilidades fueran su karma), con las últimas tres novias del line up, decirles que “nananina jabón candado”.

Asere, voy a pensar en serio que singo rico, porque no es normal. No es normal que me digan tres mujeres que quieren casarse conmigo y peor aún, las tres son hijas de dirigentes, y peor aún, los tres suegros esos que tuve le descargaban a mi talla contrarrevolucionaria. ¿Eso es normal, Ricardito? El hombre es el que pregunta, y no se trata de machismo. Tú sabes que yo soy feminista, animalista y vegetariano por decisión ajena. A mí me quieren joder allá arriba, “el compañero que me atiende” está haciendo su pincha como para ganarse una casa por estímulo.

Además, ¿qué hace la gente casándose en medio de una pandemia­? Ojalá que cuando el cura o la notaria diga “puede besar a la novia”, aparezca entre el gentío un policía y les pegue a los dos una multaza de 2 mil pesos por propagación de epidemia y otra por vestir fuera de carnavales. A veces prefiero, si fuera casi que obligado casarme algún día, hacerlo en una cola del pollo o del picadillo, pa estar 6 o 7 horas pensando en todo lo jodida que se pondrá mi vida a partir de ese momento.

Quise preguntarle a mi amigo, para sacarlo del tema porque se pone muy intenso con sus malas experiencias, si creía que las colas del pollo y de picadillo durarían mucho más, pero obvié la pregunta porque conozco la respuesta. Así que seguí el hilo conductor de nuestro “rifle”, al que ya le quedaban par de líneas y le cuestioné qué pasaría si la nueva novia, de la que con tanta efusividad me hablaba, sin parangón con ninguna otra, le pidiera matrimonio algún día (para que acabe su karma de hitlerizarse). Te pediría que fueras mi padrino y te mandaría el dinero del pasaporte y el pasaje, me dijo, para tomarse de un buche lo que quedaba de ron y tirar la botella al mar.

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