BREVE INTRODUCCIÓN AL PORNO CUBANO

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Por: Amel Martínez

Lo complicado no es la paja, sino hallar el porno adecuado; una imagen que agite la más intrínseca morbosidad que duerme incómoda, entre tanta turbulencia rutinaria. Porque lo interesante de la pornografía es que abre paso a la imaginación y esta, a su vez, provoca el autodescubrimiento. Pero seamos objetivos y no reduzcamos la pornografía a la masturbación.

Según Bernard Arcand, la pornografía no es nunca una materia identificable, sino la relación entre un contenido y su contexto (…) Se vuelve así pornográfico un objeto al que se le quita lo que parece pertenecerle necesariamente. Por este camino, jugando con los contenidos, si se ubica cualquier escena erótica sobre un marco de sucesos, aparentemente inconexo con esta y que resalte un valor opuesto a lo que propone el sexo (que al final no es otra cosa que la sexualidad misma en todas sus variantes), entonces no pasa ni de lejos por el filtro de la pornografía. En otras palabras, si una carga informacional suprime la intención grosera, entonces no se considera grosera.

En este punto, podrán resaltarme toda la dramaturgia que se incluye en las películas porno como parodia a lo antes dicho. Dramaturgia que se ha vuelto cliché a posta para drenar el contenido al final de la jornada, divertida estrategia que ha burlado y acentuado el concepto de pornografía y que ha terminado dándole limonada al que no quería limones. Es entonces cuando el plomero va a arreglar la tubería averiada y la madre madura le echa un vistazo al mejor amigo de su hijo, mientras el profesor llama a su alumna menos aventajada –académicamente– y la enfermera atiende a su paciente. Vende, ¡y a qué precio!

Una grieta muy grande que ha dejado la industria porno (y en este caso hay que acusar a la industria y no al propio porno) es la implantación de un sistema de mitos y paradigmas inalcanzables sobre el cuerpo y la sexualidad moderna, que ha generado una profunda frustración en la mujer y el hombre occidental. Oriente no se queda detrás. La cultura Ánime se ha apropiado de estas proporciones y las han alejado de la realidad sexual japonesa. Todo esto ha traído como resultado el panorama actual de incertidumbres, que se ha normalizado hasta tal punto, que nos parece cómodo, pero solo ha creado un bucle de confusión-enfermedades-tabúes. En esta rueda, aparentemente interminable, los espejos se vuelven los peores enemigos y buscamos otras vías para rellenar el vacío, creándonos una imagen que no nos pertenece. Esta grieta es honda y el porno no es, ni siquiera, el mayor culpable de ello.

Entre la moda, la televisión y el marketing, el canon aceptado por la sociedad del cuerpo y la sexualidad de los hombres y mujeres se ha vuelto monocular; intolerable a la inclusión. Si es inclusivo es por oportunismo y no por convicción. Se puede decir que el porno también fue víctima, porque reprodujo una realidad que ya se venía dando, donde la homofobia, la transfobia, el machismo y el racismo hacían estragos y abarcaban, como las bacterias, cualquier rincón del planeta. La revolución sexual solo vino a abrirle una puerta trasera al porno, de donde no se ha molestado en salir en los últimos 50 años. Mientras venda, no importa por dónde tenga que salir.

Claro, trabaja hasta el cansancio para poder salir por la puerta delantera y ganarse el respeto de quienes lo miran. Pero la permisividad alrededor de la pornografía no es cosa de este siglo. Aún estamos anclados a tabúes ancestrales tan torpes que nos hacen dudar de nuestro avance, empezando por la desnudez y terminando por la orientación, expresión e identidad de sexo y género. Pensemos en toda la tarea educacional que se necesita hacer en una población mundial que bien sabe ir de lo sublime a lo ridículo, desde países que penalizan con la muerte la homosexualidad hasta consentir la violación de menores de edad en sectores políticos y religiosos.

En todo este proceso nos toca sufrir. Homenaje digno al sadomasoquismo. Nos toca sufrir porque la sexualidad no es una tarjeta de presentación que sirve para comparar y ver a qué grupo podemos pertenecer. La sexualidad no es un uniforme que determina grupos e iguales, sino que es el resultado de toda una serie de fenómenos biológicos, genéticos, históricos, culturales, sociales, y lo que es mayor, personales. Su fusión conforma en cada persona una única y exclusiva sexualidad, individual, totalmente diferente a cualquier otra y especial en toda su complejidad, por mucho que los científicos se limiten a separarla por nombres y cualidades. Ignorar esto es el primer paso al pudor.

¿Qué queda entonces para Cuba, desprovista tanto de una industria porno como de una educación sexual inclusiva? Queda lo que se ve, así de simple. Un porno real y directo. El porno cubano es clásico y no pasa de moda. Este se hace por convicción y no por dinero, por lo tanto, es un porno puro y sin tapujos. El hecho de carecer de tanto andamiaje, hace que sea más porno que cualquier otro en el mundo. Sin embargo, al no tener un fin comercial y estar desprovisto de la propia intención pornográfica, el resultado deja de ser un producto para convertirse en una suerte de artesanía, donde se hacen las cosas sin pretender ningún alcance y donde nadie consigue empinar su sexualidad por encima de los tabúes y la mojigatería. Su historia no empieza con el video porno, por supuesto, pero he decidido comenzar por aquí por una buena razón: no hay porno en el mundo que se haya impuesto a tanta carencia de valores, atraso tecnológico, subdesarrollo y a las consecuencias directas que este ha provocado en una isla tan pequeña. (Continuará)

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