Image for post
Image for post
ArtCover por La Mamarracha

Por Hanzer González Garriga

A mi madre, por enseñarme a fajarme duro…

Todos hemos hecho colas en nuestra vida. Forman parte de nuestra identidad, son más cubanas que los propios habitantes de la isla. Centrarse en largos discursos negativos hacia las colas es tarea obligada y de vital importancia en la agenda social cubana, más ahora con la pandemia. En ocasiones hablamos con tanta pasión de ellas como si fueran personas, tan odiadas como la vecina que ejerce el puesto de vigilancia en nuestro CDR. Anécdotas van mientras los participantes se debaten en una suerte de competencia para ver quién ha tenido la experiencia más extrema.

Son una pérdida de tiempo y vida, pero, ¿nadie se ha puesto a pensar en el desarrollo cerebral al que nos exponemos, a los ejercicios matemáticos, el cálculo de cuántos tenemos delante (y a veces detrás), el desarrollo de la memoria eidética para no permitir que nadie se nos cuele?

–¿Última persona?– se te acerca alguien, caso hipotético: una señora. –Pipo, guíate por mí– Comienza el cerebro a trabajar: señora de licra roja con pañuelo en la cabeza; objetivo: no perder de vista. –Yo estoy marcando para 10 personas, 5 delante y 5 detrás– Ya vamos por 11, comienza el cálculo. –Detrás de mí va una mujer que marcó para 2 dos personas, detrás de ella un hombre que marcó para 5 y tú irías detrás de una señora que marcó para 10 personas igual que yo, 5 delante, 5 detrás, que tampoco está aquí– Se complejiza el cálculo: sin perder de vista a la señora de la licra roja con pañuelo en la cabeza que va con 10, o sea 11 contándola, más 3 personas, más 6 personas, más 11, hacen 31.

Tenemos calculado un porciento de la fila y es entonces cuando se complejiza el ambiente, alguien te pide el último; das todo ese discurso sobre cuántos hay, con cuántos vienes –Gracias pipo, ¿tú te vas a mover? Porque voy a marcar en la cola de la otra tienda, vengo con 5 personas, da el último por mí, no demoro– y además del cálculo delantero, ya empiezas a calcular el de atrás, el trasero.

Imaginemos ahora otra encomienda: averiguar (y calcular) cuántas personas tengo delante de mí. No bastan las 31 personas.

Entonces es cuando emprendemos la búsqueda de la primera persona en la cola. Siempre hay una poderosa que tiene el número uno. A estas las sueles identificar por su uniforme: un conjunto compuesto por un bajichupa combinado con una licra de flores, el nasobuco debajo de la barbilla porque fuma un cigarro H.Upman sin filtro, sostenido por una mano a la que le sobreviven dos uñas acrílicas.

No quiero etiquetar ni catalogar a la gente por su forma de vestir o proyectarse, pero nos justifica que estamos en una cola, y esto no es Europa, aquí para sobrevivir hay que ponerse bajitico, orillero y de pronto, ella debe representar a la típica señora de los tickets, la marcadora, la revendedora, la luchadora, la sobreviviente, la dueña y señora del destino de las colas: La Gran Colera.

–¿Cuántas personas hay más menos en la cola?– le pregunto. Se da una cachada del cigarro y, sin botar el humo –Yo soy la primera y estoy marcando para 10, 5 delante y 5 detrás–, desborda sus dotes de gran conocedora. –Detrás de mí va mi hermana, la mulata que carga el bebé, que va con 10 personas igual que yo, detrás de ella va la medio gordita con pinta de religiosa que viene con 10 más, detrás un hombre que viene solo, una señora con 5 personas que está marcando en la otra tienda y después la señora de la licra roja y el pañuelo en la cabeza con 10, le sigue una mujer con 2 personas, un hombre con 5 y detrás la que viene con 10 personas y…– me suelta el humo en la cara –…tú con 5 personas.

Mientras busco a la señora de la licra roja y el pañuelo en la cabeza repaso la cola en mi mente: primero la gran colera con 10 personas, 11; después su hermana, la mulata que carga el bebé, marcó para 10, van 11 más, o sea 22; le sigue la medio gordita con pinta de religiosa con 10 más, o sea, 11, que suman 33. Detrás de ellas el hombre solo (que no está aquí), van 34; una señora con 5 (que tampoco está aquí), suman ya 40. Viene entonces la parte aprendida que son 31; suman un total de 71 personas delante de mí.

A todo ese despliegue mental de memoria, números, le puede seguir una cadena de acciones: esconderse de la patrulla, empieza a llegar gente; perder de vista a la señora de la licra roja y el pañuelo en la cabeza varias veces, sigue llegando gente; repasar una y otra vez mis cálculos, sigue llegando gente; consultar a la gran colera, la llegada de mis 5 personas, molotera, la organización de la cola por los Agentes del Orden, molotera. ¡Ya! Llegó a mis manos el ticket correcto, número 72.

Una vez teniendo tu lugar definitivo en la cola, por alguna razón, la memoria desarrollada no permite borrar esa información (todo el cálculo y las descripciones) hasta, posiblemente, la próxima cola. Quizás sea ese repaso una y otra vez lo que permita que después recordemos con tanta exactitud las colas a las que fuimos y podamos contarlas y recrearlas con facilidad más tarde.

Y supón el siguiente último evento: –Llegaron solo 75 paquetes de pollo, vamos a repartir a la población hasta el número 70, los últimos 5 mantendrán su ticket, pero están en espera por si aparece alguna embarazada o impedido físico– nos grita la tendera. Esto será otro tema para la próxima reflexión.

Esta mañana puede que no alcancemos el pollo, pero sí desarrollaremos una habilidad sinigual para el cálculo y la memoria.

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store