De macherías y encueramientos

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ArtCover por La Mamarracha

Por Adriana Fonte

Acabadita estaba yo de poner mi último paquete de datos (que por cierto, me dolió bastante hacerlo), cuando abro mi Telegram y me encuentro la convocatoria de Mujercitos para escribir no sé qué talla ahí.

Enseguida pienso: qué jodíos tienen que estar estos que están inventando de to pa generar contenido. Luego repienso: ¡ño, si yo soy la tipa pa eso! Si total, sacando cuentas estoy aquí, en cuarentena, con hambre y tronco de insomnio por culpa del desgraciado café Hola (no porque me quite el sueño, sino porque me parte de la gastritis). Dicen ellos que Mujercitos es de náuseas y yo ahora mismo tengo unas ganas de vomitar que ni te cuento.

Bueno, déjame no disgregar. Me siento con una hoja en blanco al frente y comienzo a buscar un tema que le pegue a esta gente loca. ¿Algo polémico? Na, pa eso que vayan a ver la Mesa Redonda o pa Twitter. ¿Algo de moda? Tas loco, si yo soy de las que si me ahogo hay que buscarme cascada arriba.

Nada parecía suficiente para escribirle a Mujercitos y casi me doy por vencida cuando me doy cuenta de una cosa: no podía escribir con esas formas hedónicas, me autocensuraba constantemente. Mujercitos me pedía que no me callara ni pinga, y yo no me lo permitía. Había algo fisiológico, filosófico, psicológico, antropológico, epistemológico (sí, soy así de fina) que no me dejaba escribir como pensaba: una mala palabra, un desenfreno, ¡con dos cojones!

Me asusté cuando descifré lo que era: ¡la moral!

La moral es la gangrena del arte, y lo más sabio es cortar por lo sano, el que se enferma de moralismos muere de apatía. Me descubrí contagiada de ese mal, yo, dándomelas por ahí de reaccionaria, y mírenme aquí, incapacitada para escribir una resingá “mala palabra”, un insulto contra el mundo, algo que me importe. Asere, ¡qué difícil eso de ser uno mismo!

Entonces supe la justa razón por la que leía esta revista psicodélica, a la que además le critico un bulto de cosas, no los engaño, pero es que esta gente se limpió los pies con esa moral. ¡Yo quería hacer eso!

Entonces lo supe, pa escribirle a Mujercitos hay que pasar por un proceso de encueramiento mental para el que no estaba preparada. Fue turbio, créanme, encontré algunas cosas por ahí un poco peligrosas. Uno tiene muy pocos pies forzados en la vida para el libre albedrío, vaya, pa hacer lo que te dé la gana, pa decir lo que te salga de la reverenda tota, y hay que aprovechar esos instantes.

Es que pa escribirle a Mujercitos, sin cráneo, hay que jugar con la ambigüedad, hay que ser muy machita.

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