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ArtCover por La Mamarracha

Por Amel Martínez Ramos

Nunca he logrado escribir sobre Cuba, al menos no directamente. He hablado mucho sobre lo que en ella acontece, pero nunca he logrado definirla. Tal vez sea eso, la falta de adjetivos exactos, lo que me impida incluso definirme como cubano. Una cosa es Cuba y otra bien distinta es ser cubano.

A Cuba la tengo atravesada equivocadamente desde la infancia. Fueron muchas clases de Historia mal dadas, donde separaban los hechos como acontecimientos aislados y donde la doble moral era un epígrafe que siempre nos saltábamos. Por largo y difícil de explicar o de entender, fue que todo lo que se expuso en este archipiélago tuvo un carácter facilista. Todos los gobiernos que nos han tocado, han subestimado colosalmente al pueblo para subyugarlo a su conveniencia. Siempre nos dijeron que dos y dos daban cuatro, pero jamás nos explicaron por qué.

Sospecho entonces que nuestra mente básica es el resultado de esta extirpación de complejidad. Nos pidieron que no pensáramos tanto, que para eso estaban ellos. Y así fue: cada logro alcanzado del 59 para acá lleva el nombre de Fidel y nunca de profesionales emprendedores. Pareciera como si Fidel hubiera venido a enseñarnos a vivir, a mostrarnos lo que era una escuela y lo que era un centro de investigación científica. Él llegó y mandó a parar. Mandó. Y todo se paró, hasta el tiempo se detuvo en su charretera y el pueblo pasó de ser el oprimido a ser un gancho en el discurso.

Cuba, aun así, es más que la propia Revolución. La Historia bien contada no ubica al sistema socialista como el destino encontrado de Cuba. En todo caso, sabe que este es apenas un período más por el que debe transitar, necesario para evolucionar exitosamente. Se necesita de lo escaso para ir en busca de lo abundante, urge lo primero para reconocer lo segundo. No obstante, nuestro país se sobrevalora demasiado: con poco más de 500 años de historia contada, la actual Cuba cree que ha superado las barreras de la política mundial y, como cualquier país, se cree el mejor del mundo. Nada más lejos de la realidad. La única vez que este país fue libre, fue antes de 1492, después de eso España, Inglaterra y Estados Unidos jugaron a pasarse la bola los unos a los otros. Cada vez que un país se retiraba (y con país me refiero también a familias de poder), recogía el tesoro público que había amasado y dejaba a la isla en depresiones que supuestamente calmaría el próximo candidato.

Triunfa la Revolución y vuelve al pueblo la esperanza de un porvenir. Modelos barbudos que imprimían a cada paso y a cualquier precio la urgencia del hombre nuevo. Familias separadas, la muerte de Camilo, la Crisis de Octubre, librarse del imperio norteamericano para rendirle cuentas al imperio ruso, la Guerra Fría, Camarioca, los artistas silenciados, la Guerra en Angola, la persecución por la orientación sexual y creencias religiosas, el Mariel, la muerte de Ochoa, el período especial, los sucesos del 94, el remolcador, la muerte de principios, el dólar. Los paréntesis de la Revolución que han destruido las expectativas de vida de los cubanos van desde los diez millones de toneladas de azúcar que no fueron a los diez millones de toneladas de azúcar que jamás hemos logrado.

Toda vida que del 59 en adelante ha sido empleada para levantar un castillo de arena, calla hoy su incompetencia. Yo algún día también seré viejo y no podré aguantar sobre mis hombros la angustia del tiempo perdido. Por eso admiro a los que se largan, porque se puede ser valiente de distintas maneras y una de ellas es empezar de nuevo. Toda persona que de alguna forma busque direccionar su vida hacia algo real, merece ser honrada. Pero la valentía no es otra cosa que el miedo a la muerte simple, a la conformidad. Por eso admiro también al que se queda, porque es valiente y necio, aunque no por ello más valiente.

Lo importante es cuestionarse. Quien no se cuestiona es un cobarde y de cobardes Cuba arde. Porque este país no se alza ni aunque se le quite la comida. Porque puede sufrir abuso policial, actos de repudio, violaciones, maltrato animal, violación de mil y un derechos humanos, miserias, injusticias, encierros, mentiras y totalitarismos; su preocupación más inmediata seguirá siendo qué hará para sobrevivir los próximos cinco minutos. El cubano no va a morir de hambre como muchos piensan, porque ya hasta a eso nos hemos acostumbrado, el cubano va a morir de desidia. Encontrará su propio rostro enflaquecido y con un signo de interrogación en la frente. Pagamos nuestra propia condena, injusta además y en los espacios de serenidad, cada uno de nosotros siente la desdicha de estar en el momento y el lugar equivocado. Así no se puede vivir, no obstante, así se vive.

Y es probable que lo peor aún no se haya visto. Actualmente hay otros motores que nos mueven. Es el odio en todas sus variantes. Desde que tuvimos la primera oportunidad de hablar por las redes sociales, sabiendo que no seríamos censurados de la misma manera que se hace normalmente, disparamos todo el veneno que traíamos almacenado contra cualquier persona que pensara diferente. Somos los hijos de esta Revolución y algo se nos tenía que pegar de ella. Lo cierto es que nos parecemos tanto a lo que odiamos que no nos damos ni cuenta. Pero no venimos a ser los primeros contestatarios que alzan su voz, no somos los pioneros de la rebeldía ni nada por el estilo. Estamos aquí respondiendo como podemos a cada cosa que mal nos parezca. Aun así creemos que seremos el cambio, que nuestra acción es un punto de inflexión. Y lo es, solo que es un cambio más, un cambio igual al de hace 60 años, motivado por el odio y el cansancio. Continuamos fomentando la lucha de contrarios y promoviendo el odio de otras maneras, tal vez más sutiles, pero igual de dañinas. El verdadero cambio deriva de un rompimiento, de detener la inercia del odio que genera más odio. Esa es la revolución que requiere Cuba y no el estancamiento actual del que no logra salir.

Entonces, cuando venga el cambio, cuando todas las máscaras se caigan y dejen de sonar ciertas canciones en la radio, cuando los hijos, los nietos y los bisnietos de Fidel y Raúl recojan, junto a su apellido, todo el tesoro público y se larguen como es de esperar, cuando los altos funcionarios que no lucharon en la Sierra y que por tanto, no creen en esto de igual manera, comiencen a reclamar sus podios, cuando la economía no logre sostenerse ni un segundo más, cuando el pueblo deje de ser gancho de discurso y tenga conciencia de oprimido, cuando todas las cámaras internacionales apunten a la caída del socialismo en Cuba, cuando ya no queden más argumentos para defender lo indefendible, cuando los niveles de miseria y pobreza toquen su cumbre y no exista un Dios que nos ampare ni nos arregle, cuando se derrumben por ley de la vida todas las bases de este sistema, cuando todo esto ocurra, y ocurrirá, ¿cuál será el siguiente paso?

¿Qué hacemos con tantos cubanos que aún creen fervientemente en esta Revolución? ¿Serán fusilados también? ¿Qué persona es lo suficientemente capaz como para presidir el país? ¿Cómo se levantará la economía sin riesgo de una deuda eterna? En el mejor de los casos, ¿confundiremos libertad económica con libertad? ¿Qué sistema conviene para un pueblo inerte y de bajas expectativas? ¿Qué sistema conviene para no ser más de lo mismo? ¿Los cubanos que están afuera de la isla retornarán con el rostro ególatra, con un pullover diciendo “I told you, Cuba”, como si no fueran parte del problema también? ¿La historia será contada nuevamente a conveniencia? ¿Mis nietos me preguntarán cómo sobreviví a tanto? ¿Vendrá la felicidad entonces?

Me he contestado todo esto a mi manera y las respuestas más esperanzadoras son aplastadas por la rueda de la historia. Es cuestión de mirar el mundo fuera de este país. Sin embargo, tenía que sacarme los escorpiones de adentro. Nunca he logrado escribir sobre Cuba precisamente porque jamás pude definirla. Por ahora, ni ella misma lo ha logrado y es por eso que la tildan de compleja, pero lo cierto es que es más fácil de lo que parece: Cuba existe porque es una invención cubana.

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