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ArtCover por Victor Fernández

Por Oscar Mendía

A.S. se masturba desnudo frente a su escritorio. La única luz de la habitación es la que proyecta su ordenador. En la pantalla se reproduce un inquietante porno casero. El video muestra a cinco hombres blancos encapuchados, pateando y golpeando a una mujer joven. Luego la violan por turnos, la torturan, la humillan. No paran hasta que todos jadean satisfechos. Ella queda deshecha en el piso, inmóvil, masticando sangre y miedo. Esto excita mucho a A.S., admira a esos hombres infames que asumieron su maldad. Al levantarse para tirar la servilleta con semen en la basura, se percata de una mancha de mierda en el cojín de su silla giratoria.

Como cada mañana, revisa las redes sociales, este proceso puede durar más de una hora. Su vida virtual ocupa la mayor parte de su tiempo. Su odio le demanda todo su tiempo. Se puede decir que A.S. es un hacker, también un trol, aunque repudia ambas etiquetas. El ciber acoso es su válvula de escape. Se siente pleno y cómodo en la interpasividad del Internet. Genera temor, ira y violencia con compulsión, a través de sus múltiples perfiles. Prefiere Facebook porque la mayoría de sus usuarios son estúpidos. En días normales, pasa de diez a dieciséis horas conectado. Durante ese tiempo, escapa del hastío progresivo que siente hacia las cosas de este mundo. Sus sentimientos más sombríos esperan latentes la ocasión de manifestarse.

Últimamente pasa menos tiempo de cacería por culpa de las colas, ahora mismo está en una, odia tener que comer. El hambre es demasiado fisiológica, demasiado real. Lo real no le gusta, la realidad es su calabozo. Sus deseos y ambiciones no son tangibles. Ya le toca pagar: dos paquetes de perritos y una caja de puré de tomate. La dependiente lo mira a los ojos y sonríe, A.S. comienza a irritarse, siente el impulso de estrellarle el paquete de perritos congelado en su cara rechoncha. Sin embargo, le deja diez centavos de propina. Camina rápidamente durante un cuarto de hora hasta llegar a su apartamento.

Desempaca las compras y se pone a cocinar, hoy va a hacer un guiso de perritos con la salsa de tomate y las papas de la bodega, que parecen minúsculos tumores. Este es su plato estrella y le sabe a gloria, aunque sabe que esta es una gloria falsa. ¿Acaso alguna no lo es? Últimamente cocinaba escuchando podcasts, este ritual aliviaba el tedio de la tarea. Solo consumía literatura de extrema derecha, aunque no lo impulsaba ningún tipo de ideología o agenda política específica. A.S. buscaba darle rienda suelta a su odio, aún platónico, a través de los odios ajenos. Sentía predilección por los ideólogos fascistas y ultranacionalistas europeos, estos tipos sí que sabían odiar. Empezó con el Mein Kampf y Los protocolos de los sabios de Sion. Ahora devora siniestros audiolibros posfascistas mientras corta las papas en cuadritos.

Ya con el estómago lleno y cómodo en su sórdida madriguera, sus dedos teclean frenéticamente todo tipo de comentarios sádicos y enfermizos. Acosa internautas aleatorios, pero tiene un claro favoritismo hacia personas de su ciudad. Ha comprobado que las amenazas cercanas suelen hacer más mella en la psiquis del amenazado. Pero ya jugar con la gente no es suficiente para él. Su historia está estancada. A.S. se ve a sí mismo como un personaje novelesco, específicamente como un villano capaz y despiadado. Pero él no es un idealista, sabe que para ser villano, antes tiene que construirse, asumirse. Necesita producir crueldad, hacer algo terrible. Sabe que tiene que asesinar para empezar su acto. ¿Quién será su ópera prima?

La decisión de matar se siente inamovible y pesada como un yunque que le aplasta el esternón. Su piel se eriza y sus glándulas segregan sustancias excitantes. Es evidente que está ante algo trascendental. Solo le queda encontrar un elegido. No debería ser tan difícil, teniendo en cuenta que A.S. odia a todos. Pero su odio es masivo, abstracto y desordenado. Tiene que otorgarles algún sentido a sus propósitos, solo así quedará medianamente satisfecho. Scrolleando en uno de sus muros se encuentra con una cara que realmente aborrece. Es un tipo que representa todo lo que repugna, sin embargo, lo envidia. Desea secretamente su vida. Su nombre es Pedro V y es un galerista bastante conocido en La Habana. Un galerista muerto, pronto se podrá decir.

Además de su trabajo en la galería, es artista, fotógrafo, documentalista y se declara activista de las causas justas. Tiene miles de seguidores en las redes. Acaba de publicar alguna chorrada sobre el maltrato animal y ya tiene trescientos likes. A.S. piensa que no se puede ser más ridículo. A Pedro V le rodea una sólida atmósfera de perfección. Es atractivo, decidido y seguro de sí mismo, todo lo que no es él. Todos lo abrazan y lo quieren. Pedro V diría “todes me abrazan y quieren”. Es el elegido, esa es la vida que le complacería borrar. Una versión edulcorada de la realidad, con plugins de felicidad instalados. Una vida como esta, ajena al sufrimiento, es en su opinión injusta, y, por lo tanto, no debería existir. Sabía que mataría pronto, y que lo haría de nuevo, y de nuevo, asesinaría a los felices en nombre de los infelices. Y se sintió unido a algo por primera vez, asumiendo su lugar en el mundo.

Se tiró otra paja, esta vez no necesitó ningún porno sádico. Con los ojos cerrados y la mano en la pinga visualizaba su crimen. Sus manos grandes y venosas asfixiaban a Pedro V, que tenía la cara azul y roja, parecía un globo salpicado de sangre, un globo de los de toda la vida, un globo que nunca sería perro ni jirafa. Lo pellizcaba y explotaba, ya nada era azul, ahora todo era rojo sangre, coágulos y olor a humano roto. Eyaculó masivamente. Su semen era espeso y se retorcía al tacto como un gusano de látex. Quizá fue el mejor orgasmo de su vida de mierda. Fue una tarde hermosa.

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