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ArtCover por Claudia Patricia

Por Edgar Pozo

Es una noche de sábado o viernes después de una dura semana de trabajo frente al computador y, probablemente, sin salir siquiera de casa. Tus amigos no te han llamado para quedar, ni hay ningún plan por culpa del corona. A tu novia de muchos años y a ti no les apetece seguir con la serie: la dejaron a final de temporada y no están para entrar en ese duro compromiso de nuevo. Se deciden por una peli en streaming.

Buscan y buscan un film que satisfaga el deseo del momento. Desde la cocina la oyes a ella alzando la voz para informarte cuántas pelis hay en pantalla; rechazas una tras otra. Con las palomitas te hacen unas birras bien frescas de la nevera. Recuerdas, sin embargo, la sequedad en la boca que te dejó el cubo de esos grandes en el cine la última vez que fuiste. Vas a por algo más dulce; te gustó cómo salivaste cuando la sal de las palomitas entró en contacto con el dulce de la Coca Cola.

Decides que va a ser una gran noche. Abres el cajón de los licores. Piensas en lo bien que resultó estar aquel wisky con Cola que te pediste para impresionar a aquella chica en ese bar. Te vienes arriba. Decides ir a lo fuerte. Desempolvas en cambio el Bacardí blanco. Ahora sí va a ser una gran noche.

Ya en el sofá cama se deciden ambos con espirituosa en mano por la película que mejor se adapte al gusto que, si bien no quiere irse particularmente a Jonas Mekas, desea mantenerse refinado. De pronto algo los saca de todos los esquemas: Corona Zombies (2020). Zombies con mascarilla persiguiendo a gente que se defiende con gel desinfectante. Se ríen despectivamente de la pantalla, preguntándose cómo podría pensarse siquiera en rodar bazofia semejante. Inconscientemente levantan el meñique. Terminan viendo la última de Sofia Coppola.

Sorpresa: es una mierda.

Te quedas dormido al segundo chiste de Bill Murray siendo Bill Murray y te despiertas al quinto. “¿Abrí mi mejor ron de coctelería para esto?”, te preguntas en profunda decepción. Te lo mereces. Lo peor: detrás de sus risas gafapastosas hacia el cine zombi, había un atisbo de curiosidad.

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Muy bien, señores, ¿dónde está el fallo en todo esto?

Empecemos buscándolo en las críticas que recibió esta reciente cinta, Corona Zombies, cuyo estreno en abril de este año 2020 coincidió con lo peor del pánico mundial por la pandemia de coronavirus.

Katy Gillett, redactora cinematográfica de The National, escribía en su columna que la experiencia “podía estar bien si lo tuyo son las pelis de zombis y eres capaz de asumirlas como puro escapismo para no tomar en serio. Si no…”, proseguía con altividad, “pasa de ella”.

¿En serio? ¿Que en medio de un encierro planetario por una pandemia salga una película de zombis con mascarillas te parece escapismo?

Lo desacertado de este comentario representa, sin embargo, la profunda ignorancia sobre el género en cuestión, que, desgraciadamente, abunda. El cine zombi es sistemáticamente humillado y despreciado por una clase intelectual demasiado snob como para poder llegar a pensar siquiera que hay algo que no están viendo.

La categoría zombi dentro del género del horror es probablemente una de las más complejas y terroríficas.

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En cada película de zombis, en cada época, quedan absolutamente plasmados todos nuestros temores como sociedad, desde la antigua brujería hasta la biología moderna con la eterna constante de la muerte.

Nos deja caer preguntas trascendentales que siempre permanecen. ¿Cómo puede morir algo que ya está muerto? ¿Cómo es capaz de darnos tanto miedo algo que se mueve tan despacio?

La respuesta a todas estas cuestiones es precisamente aquello que hace al cine zombi lo contrario del escapismo: lo molesto, lo invasivo y lo ineludible del zombi es su carácter social, su compacidad de manada que asalta a un individuo aterrado, débil, solitario y, en última instancia, abandonado. Los zombis son, en esencia, nuestras peores pesadillas como masa post-industrial.

¿Qué no me creéis?

Pues…

Haití, 1804.

El presidente Jean-Jacques Dessalines había proclamado la independencia del país el 1 de enero de ese mismo año, fruto de la única revolución de esclavos victoriosa de toda la historia. Triunfante, Dessalines ordenó la eliminación física de los blancos que aún quedaban en el territorio tras la derrota francesa, al tiempo que Haití era declarada constitucionalmente como una nación de negros.

“¡Para nuestra declaración de independencia deberíamos tener la piel de un hombre blanco para pergamino, su cráneo para un tintero, su sangre para tinta y una bayoneta como bolígrafo!” había sentenciado Dessalines.

Aunque la población haitiana se mostró inicialmente reticente a realizar las matanzas exigidas por su presidente, este, luego proclamado emperador, fue de gira pueblo por pueblo para asegurarse de que, efectivamente, las masacres tenían lugar. Especial énfasis se hizo sobre los mulatos, que, para saldar la suciedad de su mezcla con el hombre blanco, habrían de ser los más asiduos en las carnicerías contra los ex-colonos franceses.

Para abril de 1804 Haití era un completo baño de sangre.

Entre los participantes de la barbarie destacó un joven mulato de Puerto Príncipe, Jean Zombi, conocido por la brutalidad hacia sus víctimas. Se dice que Zombi detuvo a un hombre blanco al azar por las calles de la ciudad, lo desnudó y lo llevó al Palacio Presidencial en presencia de Dessalines, como si de un esclavo a la inversa se tratase. Allí, cuenta la leyenda que la muerte que obtuvo el pobre desgraciado a manos de Zombi fue tan horrible y alevosa, que el dirigente imperial, aterrorizado por lo que había visto, mandó a poner fin al genocidio poco después del suceso.

Ese día, ante los ojos del naciente mundo de la contemporaneidad sangrienta, nacía la leyenda del zombi.

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Revista cubana de cosas que te callas

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