Historia del cine zombi (III)

George A Romero en el set de Day of the Dead en 1985. Fotografía: Laurel / Kobal / REX / Shutterstock

Por Edgar Pozo

Nos había dado miedo quedarnos a solas con la criatura zombi.

La odiábamos profundamente; ella a nosotros también.

En lo más profundo de nuestro ser deseábamos que viniera en manada antes que solitaria.

Así sucedió.

El impacto que supuso el estreno de Night of the Living Dead en 1968 continúa siendo poco entendido incluso a día de hoy. El director, George A. Romero, de orígenes hispanos y caribeños, cambiaría para siempre el trato dado en pantalla a los muertos vivientes; estaba a punto de acercarlos a lo que son hoy.

Los zombis abandonaban definitivamente el cementerio y dejaban en él el sentido hechiceresco de su existencia. Ahora mordían y atacaban. Buscaban con ansia la carne humana para desgarrarla y devorarla hasta el hueso, quedando solo eso si no conseguías escapar. Si tenías la mala suerte de ser mordido por sus dientes putrefactos, sabías que tu suerte estaba echada: pronto te convertirías en uno de ellos.

Recordando con rencor el embrujo vudú que los esclavizó para la industria azucarera, ahora buscaban venganza. Nos tocaba pagar a los vivos. Comenzaba el apocalipsis zombi.

Por muchas razones Night of the Living Dead es una obra paradigmática. Esta cinta sienta la base del esquema por el cual un grupo de desconocidos acaban atrincherándose en una misma casa con el objetivo común de sobrevivir al ejército infernal.

Tapian puertas y ventanas, pero el martillo pronto será utilizado como arma que zanje las divisiones entre los humanos de dentro de la vivienda; a él se opondrá el cañón de una escopeta. Alguno de ellos realizará una temeridad que lleve a los monstruos a descubrir su paradero.

Asediado el sitio por las manos muertas que rompen las tablas y halan hacia fuera, el único lugar seguro será el sótano. El privilegio es reservado para el padre con la hija; esta lleva la última hora algo pálida y sintiéndose mal. Allí, entre la oscuridad y los disparos lejanos de arriba, la niña se desmaya; está muerta. Tras llorarla desconsolado, su progenitor aprieta el arma contra la parte superior de su cuello, rozando el gatillo. Pero ella despierta. El padre, sin fuerzas ya para sentir ni alegría ni dolor, solamente puede pensar en abrazar una vez más a la niña de sus ojos, antes de que todo acabe. Va hacia ella echando la escopeta a un lado, desarmado. Sus lágrimas encharcan el precioso vestidito blanco que él mismo le comprase. De pronto su hija le arranca la carne del cuello de un mordisco. Los tendones, al descubierto, echan chorros que tiñen de rojo la prenda. El grito sordo se apaga en el momento en que el infeliz se ahoga en su propia sangre.

Probablemente nos sepamos esta historia de memoria, pero es necesario entender que siempre hay una primera vez para todo.

El contexto de Estados Unidos en 1968 es similar al actual: el país se encontraba al borde la guerra civil. Tensiones raciales en el Sur –donde transcurre el film–, protestas por la guerra de Vietnam, contracultura hippie y el fin del prototipo de la familia blanca, feliz y segura en los barrios de las afueras.

El hecho de que un parricidio tan trágico como el anteriormente descrito ocurra en un sitio como el sótano es ya algo muy simbólico.

Desde que había comenzado la Guerra Fría, esta parte de la casa había cobrado vital importancia en la idiosincrasia de las familias estadounidenses. El sótano sería el lugar santo al que recurrir en caso de que al loco de Kruschov le diera por apretar el botón nuclear en confabulación con los comunistas cubanos, empezando así la Tercera Guerra Mundial.

Mientras en la superficie se marchitaba la última flor entre los gases radiactivos, la familia americana se cansaba de jugar al parchís en su refugio nuclear. Debajo del mundo en que los vivos envidiarían a los muertos, al paquete de provisiones de Nestlé lo acompañaba una Smith & Wesson, para cuando el hombre tuviera que dejar las cosas claras. El resto del tiempo, para evitar la desesperación del silencio y la ansiedad de la bombilla parpadeante, sonaría el mismo vinilo de Connie Francis.

Queda esclarecido que si los zombis devinieron en apocalípticos fue porque nosotros, como humanidad, lo hicimos antes.

En general, toda la filmografía de George A. Romero es clave para entender la historia del género zombi.

En su siguiente película de la saga, Dawn of the Dead (1978), los supervivientes de la invasión no buscan ya cobijo en una casa, sino en un centro comercial. El cineasta aprovecha este detalle para hacer una muy sutil crítica al capitalismo en un momento de hegemonía izquierdista global. Los zombis se apelotonan fuera del edificio, arrastrándose por entrar, ya no tanto a causa del deseo de alimentarse de los que están adentro, sino atraídos desde lejos por las luces del palacio.

Los muertos, que conservan vagas reminiscencias de su tiempo como vivos, recuerdan que alguna vez se perdieron por aquellos pasillos fluorescentes. Sienten un deseo irresistible de volver a vagar por los precios de la ropa de mujer y de hombre, subir y bajar las escaleras mecánicas, meter la mano en la fuente de los deseos en busca de las monedas, patinar una última vez en la pista de hielo…

“¿Qué hace a ellos y qué a nosotros?” parecía convertirse en la interrogante romeriana (“romeriano” de George A. Romero; Éric Rohmer probablemente estaba enamorándose otra vez de una jovencita a las afueras de París).

Pero entonces Romero subió la apuesta con Day of the Dead (1985). “¿Qué hace a ellos peor que nosotros?”, se convertía ahora en la pregunta.

El mundo de fuera de la sala, con la crisis de los euromisiles en marcha, se encaminaba a una segunda Guerra Fría, esta más caliente que la anterior. La apatía se generalizaba y las sociedades se veían cada vez menos capaces de salir de sus permanentes atavismos. ¿Por qué habríamos de sobrevivir siquiera a nuestros muertos?

Ellos, inertes y estériles, no tenían más opción que morder y deambular; nosotros, con nuestro libre albedrío, torturábamos y dábamos muerte a los nuestros de una manera más inhumana de lo imaginable por un zombi.

En medio de este panorama se dio paso al siglo XXI. Nada más comenzar este unos nuevos actores entraron en escena: los “zombis rápidos” o “infectados”.

28 Days Later (Danny Boyle, 2002) es seguramente una de las películas más terroríficas que he visto jamás. Soy un hombre de mi época; la cinta hace entrar en contacto al género zombi con el mundo de la globalización.

Estrenada poco después del 11-S, el film de Boyle compartió los meses de cartelera con el brote del virus SARS en China, que luego se extendería por todo el mundo. Al mismo tiempo, George W. Bush anunciaba esa abstracción que acabaría siendo la guerra contra el terrorismo. Resumidamente, el mundo que desde hacía solo diez años, tras la caída de la URSS, había entrado en un nuevo orden global, veía demasiados pilares amenazados. La sensación de salto hacia el vacío era abrumadora.

En un contexto tan acelerado no es de extrañar que los somnolientos muertos vivientes fuesen sustituidos por los zombis rápidos, infectados por una mutación del virus de la rabia.

Boyle, quien seis años antes introducía a Ewan McGregor corriendo en pantalla al ritmo de Lust for Life en Trainspotting, transformaba ahora esos elementos punks, drogadictos y outsiders de la sociedad en rabiosos que corrían a la misma velocidad que los nuevos tiempos.

La génesis zombi, cada vez más alejada de los encantamientos del vudú, se adaptó con facilidad a la fórmula del virus contagioso. Habíamos dado el salto a la modernidad. Nunca más se contempló un origen mágico para los monstruos.

Tras arribar esta concepción puramente médica y científica del letargo caníbal, en el cine comenzó a florecer la idea de encontrar una cura para la enfermedad –World War Z (2013)–. Hemos de recordar que, paralelamente, el fin del padecimiento zombi no era tratado en el imaginario colectivo desde la época de Jacques Tourneur.

La película irlandesa The Cured (2017) explora, de hecho, la idea de una sociedad donde la vacuna para la infección zombi ha sido alcanzada. Los curados, no obstante, son sistemáticamente discriminados por una sociedad que les teme y recuerda con horror sus crímenes. Deprimidos por los actos que cometieron y el odio vertido hacia ellos, intentan buscarse la vida como pueden. Desempleados, apaleados y restringidos, “lo zombi” se convierte en un acto de reivindicación política.

En el momento histórico del Me Too y demás movimientos de concienciación sobre diversidad sexual y de género, lo zombi entra con fuerza como identidad. ¿Será añadida la “Z” a las siglas que formen “LGBTZ”?

Con todo esto llegamos a Corona Zombies, en nuestro contexto pandémico del 2020/21, donde los zombis van con mascarilla y devoran a aquellos que anteponen acaparar el papel higiénico a correr por sus propias vidas.

Estoy seguro de que la peli deja mucho que desear y hasta será una mierda. Pero, por todo lo mencionado, pido la misma prudencia ante el cine zombi que frente a una de sus manadas. Démosles más cariño y amémoslos hasta los huesos, exactamente igual que como ellos nos desean a nosotros. Porque podremos correr, pero nunca, jamás, escapar de ellos.

Cosas que te callas

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