Historias de Asaltos. ¡Policía! Yo quiero ser tu amigo.

Image for post
Image for post
ArtCover por Claudia Patricia

Por Hanzer González Garriga

Yo, ciudadano cubano, wajiro sin papeles en La Habana tratando de hacer películas, he sido carne fresca de asaltos, exactamente cuatro veces. La peor parte nunca ha sido la amenaza ni los cuchillos o machetes, sino la parte de hacer la denuncia. Olviden las escenas de Blanca Rosa dándole apoyo a las víctimas en Tras la Huella, eso es mentira.

Los policías en Cuba son una raza violenta, que abusa del poder, que maltrata a las víctimas como si fueran las victimarias. Entiendo que les agentes tienen que imponer un carácter y un respeto, pero cuando esa actitud se transforma en abuso de poder es cuando empezamos a tener problemas nosotres, el pueblo.

Asalto 1

Agosto de 2018: 2:00am. Salgo de filmar un evento con dos amigos, estoy tan cansado que la única cerveza que alcancé tomar me hizo el efecto de un antihistamínico. Cogemos en Neptuno un taxi, un lada con chofer y copiloto. Íbamos para Playa los tres, casi automáticamente nos dormimos. En mi sueño siento que se detiene el taxi. Cuando abro los ojos tengo en mi cuello un machete que entra por la ventanilla: “Pabajo que esto es completo”. Nos quitaron las mochilas con laptops y cámaras con lentes, los teléfonos, el dinero que recién habíamos cobrado, las camisas y los zapatos. Nos quedamos en pantalón y camiseta, en la nada, a oscuras.

Caminando nos dimos cuenta de que andábamos por 100, eran las 3 y pico de la mañana y nosotros sin zapatos, buscando algún punto de la policía. Encontramos un patrullero y pensé: “¡Pinga, estamos salvados!”, pero no fue así, el patrullero nos explica que nuestro asalto no es contenido de trabajo de él y su compañero, que ellos están “para vigilar a los carros que van en exceso de velocidad”. Nos señalan dónde queda el punto de control. Cuando llegamos a la puerta nos alerta un policía: “No se puede entrar en camiseta a la unidad”. “Disculpe, fuimos asaltados”. “Déjenme preguntar qué podemos hacer”. ¿Qué podemos hacer? ¿¡Perro incapaz, me acaban de poner un machete en el cuello y estoy sin zapatos pasando frío y te preocupa el protocolo de vestimenta de la unidad!?, mi corazón estaba a mil por hora.

Regresa el incapaz con otro más incapaz, pero peor, es jefe y el cargo se lo toma muy en serio. “¿Dónde fueron asaltados?”, pregunta. “No sabemos bien, no conocemos esta zona”, me mira de arriba a abajo (pelo largo, pantalón tubito, tatuajes, uñas pintadas de negro). “Cómo no les van a robar si mira la pinta que ustedes tienen”. “¿Perdón? Nos acaban de robar todo con un machete en el cuello”. “Quién los manda a coger un carro con desconocidos”, continúa gruñendo. “Pero si a diario uno se monta en taxis, nadie tiene la capacidad de conocer la plantilla de taxistas de La Habana”, todo eso era en la puerta de la unidad, adelanto que nunca entramos. “NO PROCEDE”. “¿Cómo que no procede?”, me altero y digo de todo, desde aquello de ser cubano y amar mi bandera hasta gritar que me hicieran la denuncia. “Mira mariconcito de mierda, estate tranquilo si no quieres pasarte unos días en la celda por desacato a la autoridad, si digo que no procede es que no procede”.

Nos tuvimos que ir sin poder hacer la denuncia, caminamos como perros, pedimos menudo prestado a gente desconocida para poder regresar y hacer la denuncia en otro lugar. Amaneció y habíamos pasado por dos unidades de policía, en Santo Suárez y en Playa, en ninguna procedía el caso porque en esas zonas no habían ocurrido los hechos. Regresamos a nuestras casas a descansar el susto para volver a ir a la unidad cuando no estuviera ese turno y quejarnos, además, del trato que tuvieron con nosotros. Tampoco procedió la denuncia, tenía que haber sido en el momento del hecho.

No volvimos a hacer el intento y por supuesto, nada apareció.

Asalto 2

Noviembre de 2018: 1:00am. Salgo de un bar en La Habana Vieja, mi socia está medio dormida, no estamos ni remotamente ebrios. En el Palacio de Computación cogemos un P15 hasta su última parada en el Vedado. Solo venía un chamaco en la guagua. Mi socia se duerme al momento y yo, cerrándoseme los ojos, me pongo a jugar en el celular. Me dormí y cuando desperté estaba todo oscuro, el P15 apagado y en Alamar, en el paradero. Levanto a mi socia: “Asere nos dormimos y estamos en Alamar creo”. Busco mi teléfono, “¡pinga mija me robaron el teléfono pinga!”. Resulta ser que al dormirme el único tipo de la guagua me quitó de la mano el celular (yo, tierna gacela) y el chofer no se dio cuenta y nos trajo hasta Alamar. Me dio un ataque que por poco me tiro del P15 cuando a la hora arrancó para el Vedado.

Decidí irme a dormir y hacer la denuncia en la mañana. Fui a la unidad de Playa (sabiendo que tenía que ir a la de Alamar) pero alegué que no sabía con exactitud (y no sabía realmente) en qué zona o momento me habían robado (me eché tierra arriba). “NO PROCEDE”. “¿Otra vez?”. “No procede, refresca la cabeza y ve a Alamar”, dice la policía mujer mientras me mira. Estoy en shock, empiezo a llorar. Se compadece y me redacta la denuncia. Me informa que debía ir con fotocopias de la denuncia al Vedado, Habana Vieja y Alamar y dejarlas en las unidades para que ellos también triangularan el teléfono. ¿Alguien entiende lo absurdo que parece esto? Por supuesto, cuando me mandé para el Vedado no procedió, en Habana Vieja tampoco y no me mandé hasta Alamar, total, tampoco iba a proceder.

Por supuesto, no ha aparecido.

Asalto 3

Noviembre de 2019: 3:00am. Salgo borracho de bailar (y perrear) en el Elegguá. Mientras camino (de un lado a otro) cojo mi teléfono en la mano y en ese justo momento un tipo me agarra por detrás, me levanta en el aire y otro sale de la nada y me lo quita de la mano.

Corte a una secuencia de elipsis; recuerdos borrosos que parecen más un sueño que una experiencia vivida:

Corro detrás de los tipos, me caigo en medio de la calle. Voy en una patrulla sentado y un policía me grita que me esté quieto. Un interrogatorio en una sala donde recuerdo que me preguntan sobre mi exjefa y si estoy drogado. Lloro, lloro mucho. “Las cámaras no sirven en esa zona”. Estoy durmiendo y siento que me están sacudiendo, abro mis ojos. Estoy en el piso, en la entrada de una unidad de La Habana Vieja y un policía (el que estaba en la patrulla gritándome) me tiene la bota presionada en el hombro. Me sacude con ella para que me levante: “Dale maricón, para que firmes la denuncia”.

Me levanto, subo a una oficina y firmo la denuncia. “Qué clase de llantén tú diste ayer aquí, hasta te dimos una vueltecita por las celdas”, me dice alguno. Estoy mareado, son las 10:00am, tengo el cuello lleno de cadenas de acero, un t-shirt con calaveras y las uñas pintadas. “Te escondimos en una oficina para que durmieras y te fueras sin borrachera pero qué iba a pensar la gente cuando vieran a un travesti durmiendo en una oficina, por eso te acurrucamos en el piso, a donde perteneces”, se ríen por un rato, yo no puedo hablar, la resaca no me deja.

Marzo de 2020: para mi sorpresa me llaman: “Apareció tu teléfono, ven a buscarlo, y no vengas travestido, ven como un hombre que tú tienes rabo” (tengo grabada y guardada esta conversación).

Asalto 4 (el más reciente y el más traumático)

Noviembre de 2020: 1:00am. Salgo de trabajar con un amigo. Camino por toda la calle Belascoaín, ni un alma. Doblo derecha por Carlos III, paso por la parada que está frente a una escuela y cuento como a 11 o 12 personas esperando un P. Justo una calle después estaba la casa de una amiga, donde me estaba quedando. “Yo no voy a esperar más, a este mismo”, dice un mulato de 20 años que camina para arriba de mí con un cuchillo y detrás 5 chamacos entre 16, 17, a todo reventar 20 años, todos con cuchillos. “Porque a mí me da igual darle una puñalada a mi mamá que dártela a ti, a ver, dame el teléfono”. Yo proceso en segundos: “la llave de la casa de tu socia para que puedas entrar, párate en la calle que hay una cámara y grita a la gente de la parada”. Corro para el medio de la calle y grito “¡policía!”, veo cómo la gente de la parada corre a meterse en el portal de la escuela. Estoy rodeado por los chamacos, más deseosos de apuñalearme que de robarme. “Si gritas te pinchamos to, tira el teléfono y la cartera al piso”, lo hago y salgo caminando despacio. Ellos empiezan a gritar despavoridos por la calle y yo corro entonces a la casa.

Cuando estoy abriendo pienso: “Coño, aquí arriba por Oquendo hay algo de la policía”. Justamente, hay una especie de albergue de amiguitos del azul, una suerte de almacén de medios básicos. Llego agitado pidiendo ayuda: “Me asaltaron 6 chamacos con cuchillos, están cerca, llamen a una patrulla por favor”. “¿Y tú eres el jefe de nosotros?, me dice uno.” “¿Qué? ¡Me acaban de asaltar 6 con cuchillos!”. “Eso no es problema mío, aquí estoy pa dormirme ya, pero como soy bueno te voy a llamar a una patrulla”. La susodicha llega unos 30 minutos más tarde. Llevo 1 hora de ser asaltado. “Monta que vamos a llevarte a la unidad”. “Primero tomen un café que tengo del bueno en el termo”, les dice el policía “bueno y soñoliento”.

Aquí me detengo, repasar, recordar y escribir esto me está costando, y no miento, tengo grabado este día en mi cabeza perfectamente.

Para resumir: me monto en esa patrulla. Cada vez que veían algún chama de la raza negra lo paraban, me lo ponían delante y me preguntaban si era este o aquel. “No, ellos deben haberse ido hace rato”. Me llevan a la unidad de Zanja. “Un robo con violencia”, anuncian gritando a mi entrada. Explico todo lo que pasó. Me vuelven a montar en una patrulla. ¿¡Yo debía encontrar a unos chamas que tenían abrigos con capucha, algunos gorras y con nasobuco!? Doy otro paseo en la jeepeta, nada de rubias con las tetas grandes ni arrebatadera, sentía que todo aquello era una maldita pesadilla.

Me traen de vuelta a la unidad, me meten en una oficina y la oficial medio dormida dice: “Manda pinga el rubio creyente este”. Se para, se limpia los ojos y se sienta frente a mí. “Siéntate y quítate el nasobuco que quiero verte la cara de descarado esa que tú tienes”. “¿Por qué usted me dice eso?”, le pregunto. “Ay ya, déjate de drama, todo ese cuento es mentira, yo te voy hacer la denuncia, pero si investigamos y nos damos cuenta de que mientes te vamos a aplicar la ley”. “Yo no digo mentira”, le respondo. “Bueno, empecemos, cuéntame todo otra vez”. Cuento todo mientras ella no deja de mirarme como si me quisiera matar a golpes. “Eso es mentira, te lo sabes muy bien, parece ensayado, ¿tú eres de La Habana?”. “No”. “Entonces qué pinga tú haces aquí”. Me tuvo horas repitiendo una y otra vez la historia, cuando me ponía triste era demasiado fingido, cuando lo decía serio estaba siendo demasiado serio. Amaneció y cuando logré que me hiciera la denuncia dice: “Ojalá no aparezca el teléfono, siéntete bien, una familia cubana puede comer un pedacito de carne de puerco gracias a ti, es más, móntate conmigo en una patrulla, llévame a donde fue el acto y explícame porque no te creo”.

Me monté en una patrulla, la tercera, tuve que bajarme en la calle y explicarle cómo fue, quería morirme por tener que repetir tanto aquello. Llegó el punto en que me creí que estaba diciendo mentiras. Me fui a montar en la patrulla, estaba a una cuadra de la casa, pero estaba tan aturdido… “Hazme el favor y bájate, qué pinga tú te crees, esto no es un taxi, tú ni singa ni haces na”. Arrancaron riendo y me quedé en medio de la calle. Amanecía la ciudad y yo me derrumbaba con ella.

Ya no quiero que aparezca nada, solo quiero un país libre de asaltos y sobre todo, libre de abuso policial y de poder. ¿Demasiado grandes mis utopías verdad?

Image for post
Image for post

Written by

Cosas que te callas

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store