Otro día más sin desayunar en Tiffany

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ArtCover por La Mamarracha

Por Helen María

12 de septiembre de 2020

Querido Diario:

¡Lo peor que le puede pasar a una puta es enamorarse! Hoy desperté temprano y de inmediato fui a asearme; sí, porque una no puede perder las costumbres: puta, pero aseada. Luego me detuve frente al espejo y para coger fuerzas comencé a maquillarme, paso a paso como en el tutorial que vi esta semana en YouTube; eso sí, ¡labios rojos! Cuando abrí el closet, ese vestido negro de encajes ajustado que me compré hace seis meses y costó bastante caro me miró, así como me observaba ese vecino del barrio cada noche cuando yo salía a lucharla. Sin más lo agarré, me lo puse y le eché un ojo a mis tacones rojos puntifinos que estaban en una esquina del cuarto llenos de telarañas. En fin, así toda perra, diva y empoderada me senté a desayunar un vasito de leche y un pan con aceite y sal.

¡Ay Diario, viejo! ¡Qué ganas de que todo esto se acabe! ¡Necesito yumas que me paguen en dólares americanos! ¡Ay Obbatalá, salpícame de chicle que quiero morir pegá! Quiero lucharla en el Mío y Tuyo, no en la cola del pollo. ¿Quién dijo que una puta puede estar en cuarentena?

Bueno, después de mi crisis existencial de cada mañana, provocada por mi fatalismo geográfico y el bloqueo (¡siempre es culpa del bloqueo!), enciendo el televisor y, ¿adivina qué?, estaban poniendo Pretty Woman, justo la parte donde Julia Roberts va de compras y las tenderas la miran con desprecio. Aquello me recordó el día en que fui con el papi ese suizo, Patrick, a comprarme mis tacones rojos a la tienda súper cara que está en el Hotel Manzana Kempinski. ¡Qué nivel! ¡Con las caras que me miraron las otras en el trabajo cuando ese hombre vino pa arriba de mí! ¿Qué será de la vida de Patrick? Le voy a escribir para pedirle una recarga. ¡Algo tengo que rasparle! Bastante bien se la pasó conmigo. Le voy a mandar unas cuantas fotos calienticas y así lo enredo.

Mira, querido Diario, una no es puta porque sí: la necesidad, las ganas de prosperar y el bloqueo (¡siempre es culpa del bloqueo!), me llevaron a ser quien soy. A lo bueno una se adapta rápido. Además, una hija de Oshún llega a este mundo bañaíta en miel y eso Gretter no lo entendió. Me dejó el día que supo a qué me dedicaba (todo por culpa de la vecina, que se pasa metida en mi vida solo porque su marido, que trabaja en el agro de la esquina, me rebaja las libras de carne).

Me acuerdo del día que nos conocimos: yo estaba conectada en el parque del Cristo, en La Habana Vieja, y ella me pidió para encender, luego se sentó justo frente a mí y no paró de mirarme con esos ojos penetrantes. Cuando se me acabó el tiempo de la tarjeta Nauta, me levanté, y yo, que soy directa, le dije que la invitaba al Dandy’s a tomarnos algo. Ese día no fui a trabajar, total, andaba con el dinero de tres buenas noches y ya había pagado el alquiler. Estuvimos toda la tarde hablando, una cosa llevó a la otra y terminamos en mi casa.

Diario, cuando una se dedica a esta profesión, dar placer es trabajo, una se vuelve actriz, se monta una novela, sonríe, se muerde los labios, les grita bien rico al oído y se arma bien el paripé. Yo, por lo general, siempre estaba loca porque toda esa partía de asfixiaos se vinieran. Todo ello para poder irme temprano a casa con un buen menudo y al llegar, bañarme, quitarme el olor a rancio que traen esos viejos yumas y, si Gretter me llamaba, amanecer haciéndonos la cucharita. Así se me olvidaba todo.

Yo te lo juro, Diario, si yo pudiera dedicarme a otra cosa lo haría nada más por ella. ¡¿Pero quién le dice a Caridad Hernández que a su hija, la puta, le gustan las mujeres?! Y hablando de la reina de Roma, me llamó hoy, quiere que la ayude con algo para arreglar el baño. ¡A mala hora apareció el compañero salidero! Entre el coronavirus, las colas, el nasobuco, el alquiler, la comida, el robo de Etecsa con los datos, Gretter que me bloqueó y el singao bloqueo, me tienen arañando el piso de espaldas y ya no puedo más.

Mejor me voy a prenderle una velita a mis orishas, a pedirles, al menos, poder mañana alcanzar un paquete de pollo en la shopping. ¡Ah mira! ¡Me llegó la recarga! Ahora puedo escribirle a Herman, el viejo alemán, a ver si me manda un menudito para el dichoso baño.

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