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ArtCover por La Mamarracha

Por Alejandro García

Sonríele a la vida, así…

Opening de (sí, lo sabes) Amanecer feliz

Hay detallitos que intrigan, que encierran más misterio que las razones de por qué esto no se ha caído, aun cuando por falta de pan los franceses hicieron la más famosa de las revoluciones… ¡allá ellos! Nosotros somos un pueblo aguerrido y resiliente que puede aguantar –de haber– la acidez del pan, el moho incluido o que no haya qué echarle. La necesidad de chismear, sin embargo, eso sí es algo intolerable para el cubano promedio. Es por ello que nuestra vida pública se llena de habladurías que ocupan el primer orden de investigaciones del Comité de Diálogo Reflexivo. La edad de Irela y las decisiones estéticas de Juana Bacallao han sido los clásicos clichés ya aclarados: 1953 (cerquitica de la fecha caliente) y chealdad, respectivamente. Mas, ha habido una incógnita que desde sus orígenes, cuando aún era pichón de periodista y ocupaba ya sus primeras apariciones en la televisora estatal (el adjetivo es redundante para Cuba), ha inquietado al curioso de a pie que, escondido por la paranoia “infundada”, ha rumorado sobre los posibles motivos para la sonrisa permanente de Randy Alonso.

La estética de su sonrisa enigmática no se debe buscar en el paradigma de La Mona Lisa, no. Boceto de mala calidad al fin, lo que lleva pegado al rostro entre la grotesca nariz y el uniforme de trabajo –digo, traje– es más bien una de esas sonrisas socarronas que se posan para una fotografía entre amigos que hacen una maldad y se sostienen aun cuando entre dientes dicen “¡chís!” (échate ventrilocuismo improvisado). La capacidad para mantener esa “carcajada en potencia” inmóvil por largos períodos es el tema central de este articulillo que ­­–con suerte– alivianará la carga investigativa del comité de las siglas evidentes. Para concluir este primer acercamiento, he de apuntar a la estética de Velázquez: no es la cajetilla evidente del ebrio de El triunfo de Baco, sino la sonrisa forzada de El bufón Calabacillas (casualmente uniformado para el trabajo… wink wink).

El gran triunfo de nuestra gloriosa Revolución socialista ha constituido, ¡oh sí!, la eliminación de las clases sociales. Se ha logrado de esta manera que todos convivamos en un mismo calvario sin distinción. Esto ha facilitado que para este trabajo de campo sociológico, sin tener que salir de mi solar, haya conseguido reunir las más variadas hipótesis que van desde la rancia subversión barriobajera hasta el criterio especializado de una admirable doctora (¿acaso en Cuba no lo son todos, por la entrega? ¡Que los aplausos de las nueve se conviertan en mejoras salariales!), pasando, claro está, por la compañera claria de la zona (es requisito para que tenga legitimidad el artículo… ya aprovecho y suscribo: ¡Abajo el Bloqueo!). Analicemos a continuación las teorías que aporta esta muestra poblacional intrigada por la sonrisa que lleva fija en la faz el estimado camarada.

Mientras otros disfrutan de saberse al dedillo todas las falacias para evitarlas, yo me regocijo en un conocimiento con fines malsanos: el de hacer sufrir a los intolerantes pseudo-intelectuales infladores. Siendo así, redundaré en la falacia de autoridad al comenzar con la doctora, que ha preferido mantenerse en el anonimato pues, de llegar a conocerse su opinión, perdería seguramente su altísimo salario en el Calixto García, centro de excelencia con condiciones que nada tienen que envidiar a su homólogo Johns Hopkins en Baltimore. Comunica la especialista que las razones fisonómicas bien podrían ser la raíz del problema: una deformación de los huesos cigomáticos (pómulos, te ahorro abrir la Wiki, wink wink) que provoca un estiramiento en los músculos cigomáticos mayor e inferior y del elevador del labio superior, de tal manera que sea esa la postura natural de su boca. Se excusa por no consultar el Vademécum para descartar los síndromes de Treacher Collins y de Binder, pero para estudiar la evolución de su malformación craneofacial serían necesarias fotos de su infancia que, conociendo lo atento que es el camarada y su amor por mantener a la población informada, sin dudas nos las facilitaría, mas hemos preferido no perturbarlo con peticiones nimias (toda curiosidad del pueblo que no nazca de las fuentes oficiales es insignificante). Apunta el jocoso esposo de la doctora que esa es una estrategia bien pensada que le permite al sonreír ocultar buena parte de esos “granos no, baches, baches de exgranos” –me aclara aquí mi madre desde su enorme sabiduría– en los hoyuelos que se forman en sus cachetes. Porque sí, el amiguito Alonso, además de su característica sonrisa, tiene la cara de Deadpool, una avanzada alopecia, un cuerpecito incómodo y una ceguera más que ideológica.

Indiscriminadamente han circulado memes que rezan “quédate con quien te mire como…” con una foto del compañerito apreciando con gran ternura a El Compañero cuando aquel era todavía un líder juvenil, con esos clásicos pulovitos de combinaciones patrióticas (estoy pensando en fondo rojo, letras azules o viceversa) y unos fondo de botella de cristal grueso y amarillento. Otro de los criterios, el de la gusanera otaolera, es que esa sonrisa es harto fingida como herramienta indispensable para el oficio de guatacón profesional. Esa sonrisita entrañable funcionó con el Oh Lord Almighty, pues es, al fin y al cabo, la mueca alegre con que se espera todo hijo acepte el mandamiento de sus mayores. Bien podría pensarse que sostenerla por tanto tiempo (nada de indirectas a determinada longevidad, no wink wink esta vez) terminó por fijar el gesto en el rostro de manera natural y permanente o, como sugiere este ciudadano que insiste irracionalmente en la desfachatez del honrado periodista, fue una artimaña nacida de un razonamiento inductivo matemático que le facilitaría continuar usufructuando los beneficios de su puesto como servidor del pueblo (dosis de demagogia por acá). El tío del interrogado, rancio vendepatria republicano que decidió pasar aquí la cuarentena (en fin, la hipocresía), añade, entre ultrajes, que su sonrisa es una ofensa constante, que es una hiena del Estado que no puede contener la burla contra el cubano de a pie que se la pasa haciendo colas y cogiendo guaguas para que luego él en su blog pueda reivindicarlos moralmente.

La última cuestionada, señora lo suficientemente adulta como para haberse dado cuenta de los errores que pululan de un sector del Estado al otro, me inquiere retóricamente: “¿Cómo no va a tener esa dulce sonrisa en la cara si la Revolución se lo ha dado todo?” (Error 404: diferencias con el criterio del mercenario not found). Prosigue alentándome que ese es el rostro del agradecimiento, el que todos los nacidos después del Triunfo deberíamos tener como el más genuino gesto de gratitud por todas las conquistas que nos han regalado El Magno y sus Diádocos desde su más profunda misericordia humanista. Salta su hijo, poco mayor que yo, aspirante al gremio de Randy (“periodista”, wink wink; este es el que carga con el prefijo “ciber” en la familia) y me afirma: “Eso es un requisito en su profesión como comunicador: transmitir las noticias con la mayor jovialidad al pueblo, más cuando se trata de presentar al Presidente o de comunicar una novedad en beneficio de todos los cubanos…” (aquí creí que soltaría alguna consigna, pero la lleva en la cara, evidente: #EsContinuidad, aunque le falta pulirse un poco para la motico).

Estimo que hasta aquí lograron recopilarse suficientes teorías como para que tú, lector chismoso, reflexiones sobre los motivos de la sonrisita de Randy, que no es sino la alegría manifiesta de otro cubano más, como mismo la tiene el resto del pueblo al hacer una cola, al encender la televisión para encontrarse con la Mesa Redonda, al conectarse con mil trabajos para ampliar sobre lo mismo en Cubadebate (¿son acaso los subtítulos de la Mesa…?) y, si alcanzan los megas y la señal mejora, revisar este articulillo de Mujercitos.

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