¿Qué es la disidencia consentida?

ArtCover por Claudia Patricia

Por Edgar Pozo

En enero de 1936 Shostakóvich recibió su primera denuncia por parte de Stalin. Un artículo anónimo del Pravda –el periódico oficial del Partido Comunista de la Unión Soviética–, con el título de Caos en vez de música, tachaba la última ópera del compositor de ser “deliberadamente disonante y confusa”.

A pesar de que esto, pudiera parecer un mero ejercicio de crítica desfavorable en un medio, sin embargo lo cierto es que Shostakóvich hacía muy bien en temer por su vida ante aquellas palabras. La Gran Purga estalinista –que se saldó con la muerte de al menos 1.500 intelectuales y artistas– estaba en su punto álgido y el puño del Partido estaba ansioso por terminar de una vez con la experimentación en el arte que había comenzado 20 años antes.

La intelectualidad lo sabía: a la eliminación física precedía el descrédito profesional. ¿Nos suena de algo?

Por esto Shostakóvich se apresuró a estrenar su Quinta Sinfonía, impetuosa y boyante, denotando la falsa fuerza de voluntad y felicidad de un país que acababa de pasar por una hambruna que liquidó a millones y puso a la antigua nobleza a rebuscar en la basura. La obra recibió los aplausos del Bolshói.

A pesar de recibir más denuncias por apartarse de la línea del realismo socialista, Shostakóvich pudo seguir estrenando sus sinfonías. Obtuvo además el privilegio personal de poder ser una de las caras más visibles del “triunfo artístico” de la URSS sin tener siquiera que unirse al Partido Comunista.

En la literatura, un ejemplo similar sería el herético Mijaíl Bulgákov, autor de El maestro y Margarita, placer culpable del mariscal Stalin.

Pero este artículo no tratará sobre Stalin, porque él representa un mundo felizmente desaparecido al menos en Occidente. Stalin, como Hitler y como Platón (La República), creyeron que un gobierno podía basar su legitimidad en la felicidad de todo el pueblo, algo contra lo que Kant ya escribía en el siglo XVIII. El control mental de la población era tal que incluso comunistas extranjeros –como Santiago Carrillo–, que residían en Londres o París, afirmaron creer firmemente que Stalin era un ser humano incapaz de cometer errores.

No obstante, tras la muerte del zar bolchevique en 1953, los regímenes estalinistas fueron paulatinamente depurados de Europa. Sería quizá demasiado equívoco afirmar que los países comunistas pasaron de ser totalitarios a simplemente autoritarios, pero podríamos decir que la tiranía fue sustituida por la dictadura.

Un viejo chiste húngaro de los tiempos de la revolución de 1956 –esa que permitió el paso del estalinismo a un simple socialismo autoritario con cierta libertad de mercado– decía que el lema del gobierno dejaba de ser “Aquellos que no estén con nosotros están contra nosotros” para ser “Aquellos que no estén contra nosotros están con nosotros”. En esa segunda frase está el néctar de este artículo.

La realidad es que ni Jrushchov, ni Beria, ni Malenkov –jerarcas de la URSS con las manos manchadas de sangre desde los tiempos de la Purga– se convirtieron en reformadores por sus bondades repentinas. El deshielo comenzó, más bien, porque estos hombres comprendieron que debía permitirse cierto disenso en la sociedad, precisamente para mantener el poder más absoluto. Debía dejarse escapar la presión de la olla de vez en cuando.

La jugada maestra consistió en hacer parecer que las cosas habían cambiado para que todo siguiera exactamente igual.

¿Entonces qué es la disidencia consentida?

Pues la verdad es que es un fenómeno poliédrico, aplicable a dictaduras de distinto signo político e incluso a algún híbrido más allá de éstas; muchas veces tiene más que ver con la épica que con la geopolítica.

Retrocedamos hasta 1958 para entenderlo. Ese año en que Konrad Wolf –uno de los máximos exponentes de la cinematografía de Alemania del Este– estaba a punto de estrenar su película Buscadores de sol.

La cinta narraba la muy desconocida historia de cómo tras la Segunda Guerra Mundial los rusos se apoderaron de las minas de uranio de la RDA para construir sus propias bombas nucleares. A pesar de que en el filme los soviéticos eran presentados de forma amistosa y como camaradas, la dureza de las imágenes mostradas en los campos de trabajo y la injusticia para con un país amigo en el que la escasez aumentaba día tras día fueron demasiado. Tras una reunión a puerta cerrada del Politburó germano-oriental se decidió que el metraje no vería la luz.

La prohibición supuso un duro golpe para los artistas y la libre creación en Alemania Oriental. No obstante, catorce años después, en 1972, con una dirección renovada y más abierta en la cúpula del Partido, a la película se le permitía ser distribuida por los cines del país.

Se habían cometido errores en el pasado. La sociedad reconocía que se había producido iniquidades en los tiempos de la fundación de la República. Todo siempre en pretérito. Construyamos, ahora sí, todos juntos, el socialismo.

Al tiempo que esto sucedía, el director, Konrad Wolf, era paseado por todos los festivales de prestigio desde Cannes hasta Moscú. Se había convertido en la cara visible del éxito artístico de la Alemania socialista. El Partido pedía perdón por esta particular equivocación. Agraciado ya del régimen, Wolf acabó convirtiéndose en el presidente de la Academia de las Artes de la RDA y terminó dando clase en la universidad de cine de Berlín. Allí enseñó que Kunst ist Waffe (El arte es un arma).

Efectivamente la cultura es un arma, y de igual forma lo es también la contracultura.

Konrad Wolf está enterrado junto a su hermano el general Markus Wolf, jefe de la sección de espionaje de la Stasi –la temible Seguridad del Estado alemana–. La universidad de cine de Berlín aún lleva su nombre.

Trasladémonos ahora a una dictadura de ideología opuesta y veamos el caso de Luis García Berlanga.

Uno de los principales críticos con el régimen franquista, Berlanga fue la mente genial detrás de obras monumentales del ingenio como Bienvenido, Mister Marshall (1953), Plácido (1961) o El verdugo (1963). El director español llegó incluso a comentar alguna vez, ya en democracia, haberse hasta divertido con la censura de la época, pues esta era toda una escuela de la sutileza y los dobles sentidos cínicos.

Berlanga, no obstante, se diferenciaba de Wolf –quien era prácticamente un agente– en que su oposición al franquismo era real y, de hecho, el director valenciano llegó a tener carné de afiliado al PSOE. Aun así, y aunque Franco tuviese a Berlanga por “mal español”, su cine era precisamente la válvula de escape que necesitaba el régimen para mantener tranquila a su oposición interna.

En la filmografía berlanguiana quedan representados todos los males que acuciaban a la sociedad de la España franquista, como la corrupción –tanto económica como moral–, el amiguismo, el lacayismo y el cretinismo de una sociedad oscura y analfabeta. El pesimismo de su obra podía contraponerse a la propaganda oficial, satisfaciéndose así los deseos de los más insatisfechos con la dictadura.

Sin embargo, lo que bombeaba oxígeno a las arterias del sistema verdaderamente era que el mensaje de sus películas permitía echar balones fuera a la hora de buscar culpables de los males de la población. Antes de Franco, personas cercanas a él o a la élite político-militar, lo que se dejaba entrever es que la responsabilidad de todo recaía en última instancia en el propio pueblo español y su idiosincrasia, que era desorganizada, nihilista y decadente por naturaleza.

La disidencia es consentida si se refiere a un pasado que ya ha sido arreglado. Lo es también si, en cambio, se dedica a diseminar el pesimismo entre el público, de manera que este bloquee cualquier tipo de sistema alternativo y se convenza de que el existente es el único posible para ese pueblo por su propia naturaleza sociológica.

¿Nos quiere seguir sonando de algo?

Apuntemos ahora hacia el cine cubano, ese extraño lugar en el que las cosas se vuelven locas de una manera emocionante.

Pongamos encima de la mesa la película El hombre de Maisinicú (1973), dirigida por Manuel Pérez. A pesar de tener banda sonora de Silvio Rodríguez y terminar con un discurso de Fidel, la agudeza de este filme ya quisieran soñarla agitadores como Eisenstein o Leni Riefenstahl.

Jamás en mi corta experiencia cinéfila vi una cinta propagandística en la que todos los personajes y diálogos fuesen los del enemigo. En mitad del fervor revolucionario del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, Manuel Pérez se permite traer una reminiscencia de esa Cuba de cultura burguesa, americanófila, católica y conservadora, hacía tanto tiempo borrada del mapa. Imagínense solamente que en una sala de cine de la década de los 70 en Cuba se pudiese admirar a un protagonista que reclamaba para sí el estatus de “luchador contra el comunismo” en el Escambray: la otredad se rompe.

La voz en off se asegura, eso sí, de recordarnos que son todos bandidos de una deplorable condición moral, que asesinaron a muchísimos guajiros inocentes.

¿Jamás se le ha ocurrido a nadie que el régimen haya durado tanto por la calidad de su cine propagandístico?

Otro caso notable de disidencia consentida es el de Tomás Gutiérrez Alea (Titón).

Aunque a diferencia de Pérez, Titón no hacía propaganda, es cierto que Alea contó siempre con el beneplácito de arriba para sus ejercicios de crítica social.

Su oscurísima obra Una pelea cubana contra los demonios (1971) culpa a la idiosincrasia cubana y a una suerte de maldición isleña de todos los pesares padecidos por la nación a lo largo de su historia.

La celebérrima Fresa y chocolate (1993) retrocede hasta 1979 para tratar el problema de la persecución homosexual en Cuba como un pretérito. En ella, el martillo, separado para siempre de la hoz, destruye la efigie de Karl Marx en un momento de cambio global; el retrato de Castro y la bandera del M-26–7 permanecen no obstante inviolables.

Por mucho que Titón me guste, y sin que esto afecte a la excelencia de su cine, resulta evidente que cae en lo que venimos a llamar disidencia consentida.

Todo esto nos da la pista de que los momentos de tensión popular de la Cuba actual no serán llevados a la pantalla hasta al menos una década.

Todas estas protestas, clamores populares y movimientos artísticos muy bien podrían no servir para nada, en tanto que la clase dirigente sea capaz de leerlos como parte de la presión a salir disparada de la olla para que esta no explote. Podría incluso quitar la tapa del todo para que los cubanos ardamos a fuego lento mientras escapa todo el vapor, como ya hicieron en 1994.

Existe la posibilidad de que estemos siendo infames actores de una representación disidente, pero consentida.

Ahí están los ejemplos de Venezuela y Nicaragua para recordarnos que manifestaciones con decenas de muertos diarios e incluso elecciones multipartidistas no representan la más mínima amenaza para el poder de Maduro u Ortega. Dios quiera que no se produzca una “venezolanización” de la obra teatral cubana.

Sea como sea, en la película del 11 de julio quedará constancia de que sí, la administración Díaz-Canel cometió errores por suerte ya superados por la nueva dirección del Partido y la Revolución. Y si queda alguna duda más, todo es culpa de nuestros rabiosos y acalorados genes insulares: este país es así y nada mejor es posible. Punto final.

Cosas que te callas