Sueño con H., la cara sexy del Reino de Patraz

ArtCover por Claudia Patricia

Por Adriana Fonte Preciado

Acabo de tener un sueño rarísimo. Me encontraba en un sitio desolado del Reino de Patraz, sentada en el banco de un parque cualquiera. Es curioso, yo nunca había estado por aquellos lares; sin embargo era una imagen vívida, como si conociera el lugar como la palma de mi mano. Estaba semidesnuda, con unos pocos trapos viejos, la dosis avergonzante no puede faltar en un sueño que se respete. Yo me cubría como podía pero los brazos no alcanzaban para tapar todo lo que hubiese querido. El granito frío del banco en mis nalgas descubiertas me tenía un tanto incómoda, pero yo no me iba de ahí. Estaba como expectante, como si esperara a alguien.

El silencio del lugar se vio interrumpido por el estruendo de una camioneta Toyota de esas que te hacen preguntarte a qué carajos olerá allí dentro. Va y se parquea justo en la casa que queda frente a mí y yo aprieto mis brazos para intentar cubrirme más aún. Se bajó de aquel 4x4 un traje negro de importación que llevaba dentro a un tipo de más o menos 1.60 de estatura, tez blanca, barriguita ministerial aún en crecimiento y una cabellera escasa inmovilizada por litros de brillantina. Móvil en mano vociferaba algunos improperios pasados de moda y en una señal imperativa me miró y me indicó que lo siguiera. Yo dudé un momento si levantarme o no del banco envuelta en aquellos andrajos, pero segura de que era a él a quien estaba esperando. Me decidí a obedecer y caminé en su dirección.

Aquel hombrecillo me agarró de la muñeca y me llevó corriendo en dirección al portón de entrada de la casa. Una mansión típica del rico-pobre: dos leones dorados cuidaban el portón, un empedrado artificial coloreado de azul le daba relieve a la entrada, flamencos y enanitos regados por el jardín y una puerta de pleibo oscuro de las que venden en la tienda y no duran ni tres meses, piso de losas escandalosas y, por supuesto, cámaras por doquier. Yo, agarrada aun por aquella mano sudada, seguía los pasos del tipo, que no soltaba el móvil ni dejaba de lanzar ofensas. Estaba empingado en serio, una vena sobresalía de su frente, también sudorosa. Al fin colgó el aparato, me miró y me dijo que entrara y le sirviera lo suyo.

Ya en la sala de la casa, con menos pena por mi semi-desnudez, me sentí indefensa ante un inmenso altar precedido por tres gigantografías: una de Fidel Castro, una de Raúl y la última, justo en el centro, de Iroel Sánchez, alumbradas por una velita y ornamentadas con gladiolos rociados con azul de metileno. Yo, como si aquello me fuera familiar, supe justamente a dónde ir y qué botella escoger de toda una repisa repleta con las más elegantes bebidas.

Johnnie Walker, dos dedos y un cuadrito de hielo, se lo acerqué y con una sonrisa impertinente me dijo que lo esperara en el cuarto. Entré sin más a un sitio insospechado. Tras la cama se erigía un diagrama inmenso que entrelazaba un burujón de logos de medios independientes descarados-pagados por la CIA. En los alrededores, con tachuelas, se asomaban algunos de los rostros más conocidos de la plaga del mercenarismo, muy parecido a los “se busca” del viejo oeste. Sábanas de seda y suelo alfombrado, frío artificial y lucecitas LED incrustadas en el techo, todo aquello mezclado con un tufillo que me revolvía el estómago y que ni el mejor aromatizante de pino podía disimular: era un olor agrio como a mayonesa, ese olor de los gordos cuando se acumula el sudor entre empella y empella. El ornamento repulsivo tipo sucursal de CSI y aquella pestilencia me sacaron una arcada que por suerte no pasó de buchito ácido.

De pronto, el tipo me dice desde lejos que me tumbe en la cama y cierre los ojos, que ya está listo. Supongo que yo debía saber para qué, pero no era así; igualmente obedezco, cierro mis ojos y a la voz de mando, cuando ya entró a la habitación, veo ante mí la figura de un hombre peludo y grasiento dentro de un traje de licra negra que le dejaba ver cada elevación y depresión de su cuerpo. Se dio una vuelta como para mostrarse más y me pidió que por favor, me pusiera mis cosas. “¿Mis cosas?”. “Sí, tus cosas, abre la gaveta de la izquierda y no te hagas la boba”. Abrí la gaveta temiendo algún fenómeno, pero lo que vi fue peor que eso, un traje verde olivo y una barba postiza. Lo miré. Me miró. “¿Qué pasa? ¿Cada vez que abras esa gaveta vas a poner la misma cara? Deberías ir adaptándote, si no ya sabes que vas pal mural de cabeza, y ¿tú no quieres salir por el noticiero eh?” Sabiendo ya cuál sería mi respuesta me hizo un gesto con la mano para que me apurara. Me puse el traje y me pegué la barba.

Te sienta el verde olivo –me dijo– Ahora dime lo mío, lo que me encanta. Él suponía que yo sabía, aquella sin dudas no era la primera vez, yo sabía justo lo que él quería oír, me paré sobre la cama y alzando la voz a la par de mi dedo comencé: Camarada H., devido al eccelente papel que ha estado egersiendo en nuestros medios y a la ola de odio que ha lebantado entre los gusanos y sus adeptos, esta noche yo, Fulano Ciclanejo –FC para los efectos– le doy la oportunidad de darme 30 minutos de plaser. Califico de satisfactoria su lavor canina. Ha savido ser meresedor de su Toyota y su mansión, se ha renobado y le ha haplicado el Manifiesto Comunista a la causa, ahora es miembro destacado de la Nueva Face de la Rebolución, y con ese traje se ha ganado el nombramiento de Excelentísimo Señor Sexy-Rebolucionario del Reino de Patraz. Ahora le ordeno que se tumbe y se ponga en cuatro, como el perro que ha sabido ser.

¡Sí mi Comandante! –me respondió con voz emocionada y se puso en cuatro delante de mí. Aquella escena insólita me comenzaba a gustar, el poder me daba un cosquilleo que se volvía más y más agradable. Me acerqué a su oído y de forma imperiosa le dije: H., recuerde siempre que esta Rebolución es imbensible, y que los perros van a durar en el horario estelar hasta que se nezesite combertirlos en puercos y dárselos a la jente a cuentacola pa que se los hechen al pan de piquito, aquí no hay nada de comer, y si hay que hecharlos a ustedes pa alante, los hechamos. ¿Está clarito en eso? ¡Sí mi Comandante! –repitió. Ahora dime –le pregunté cogiéndolo por el pelo para que levantara su vista– ¿Quién tú eres?

Yo soy Fulano –contestó. ¿Quién? No escuché eso. ¡YO SOY FULANOOOOOOO! Cargué mi mano para darle un buen bofetón y justo en ese momento desperté de mi sueño profundo. Espantada de todo y empapada en sudor, agarré el mando y apagué a Humberto López que ladraba desde la pantalla incandescente del ATEC-Panda.

Escribiendo todo esto, que debo aclarar que es cierto, he llegado a la conclusión de que debo ver a un especialista, o a un babalawo, qué se yo… pero no puedo darme el lujo de que ese tipo de sueño se repita.

Cosas que te callas

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