UN VIEJO VERDE DE LA TRIBU QADDAFA

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Diseño: La Mamarracha

Por Macho Ferro

El año 69 d.c. marca un hito importante en la historia del Imperio Romano. En esos doce meses ocurrió algo insólito: gobernaron cuatro emperadores. Cuatro tipos, para quienes la vida se resumía a fajarse, follar y hablar latín. Filosóficamente hablando, no tiraron un chícharo, ninguno escribió como lo haría después Marco Aurelio; ninguno heredó la perra labia de Marco Tulio Cicerón chícharo grande en latín.

Ahora bien, el 69 es el número atómico del tulio, que en latín es thule. Y esto es como jugar longana, pues el cuarto de Tula –no confundir con una porción de la gran mansión camagüeyana de Gertrudis Gómez de Avellaneda cogió candela por estar en la comedera de algo que nosotros los cubanos conocemos muy bien, pero que los chilenos vulgarmente llaman “tula”. Si un chileno te dice: Weon, pírate pa casa e tula, no significa que te vayas para Camagüey. ¿¡OK!? Ténganlo presente porque ahora esto se complica.

Si bien en la astrología hindú se denomina Tula a la diosa de la sexualidad, su homóloga en la cultura occidental se reconoce con el nombre de Libra, diosa de la armonía y el equilibrio. Libra en la mitología romana se identifica con el apelativo de Venus, la más sexual de las diosas y cuyo nombre también ostenta un planeta. Venus fue explorado por los soviéticos con una obsesión de mangrinos de La Potajera. Durante más de dos décadas, a través del programa espacial Venera, se enviaron 28 sondas espaciales a un planeta anormal, pues, al contrario de la Tierra y de los demás planetas del sistema solar, Venus gira en el sentido de las manecillas del reloj. Una de aquellas naves exploradoras, la Venera 3, se convirtió en 1966, en el primer objeto terrestre en la historia que llegó a la superficie de otro planeta.

Tres años después, el 20 de julio de 1969, el mangrinaje soviético se vería retado por Neil Amstrong & CIA, quienes clavarían la bandera estrellada en el Mare Tranquillitatis de la Luna. Mar de la Tranquilidad que vería cómo, ese mismo año, el joven y carismático coronel Muamar el Gadafi, llegaba al poder en Libia.

Hace unos años, en conversación con un director de cine cubano, hablábamos sobre tiranos y sus excentricidades, y de cómo, detrás de cada líder autoritario, siempre se esconde un tipo frustrado sexualmente. El amigo cineasta me contaba la escena de un documental sobre Gadafi que aún no se le había borrado de la mente: Ante una multitud de seguidoras –que se le encimaban y tocaban lunáticamente como si fuera Bad Bunny–el entonces coronel libio, recién ocupado el poder, huía como un púber inseguro e inexperto de la exacerbada multitud que aclamaba su presencia.

Esta anécdota me hizo recordar que el propio Gadafi, mientras aceleraba una revolución con cierto tinte japonés en su léxico –nombró a Libia “Gran Yamahiriya” y emprendió un conflicto contra su vecino Chad, que terminó siendo conocido como Guerra de los Toyota–, fue volviéndose más depravado. Para dárselas de feminista y seductor, utilizaba mujeres como guardaespaldas. Todo un espejismo para los incautos, pues la cruda realidad era que sus “amazonas” formaban parte de un harén, cuidadosamente reclutado en los múltiples recorridos que nuestro amigo coronel realizaba por las distintas escuelas e instituciones de su socialista y green Revolution. Posar sus metacarpianos de viejo verde en el hombro de alguna chiquilla, era la señal para que las jefas de su valquiria escolta se llevaran, casi a la fuerza, a la joven agraciada. Para rematar, al menos una sala del hospital central de Trípoli tenía en sus sótanos un salón de emergencias con el fin de realizar legrados a sus esclavas sexuales. ¿Era alérgico al látex o no era muy bueno tirándose con la guagua andando?

Final cut: Gadafi terminó siendo sodomizado por un grupo de enfurecidos milicianos, quienes lo capturaron oculto en una tubería de desagüe. Un chamaquito (guagua según los chilenos) le arrebató su famosa pistola de oro muy parecida a la que Sacha Baron Coen llevara a la cintura en la escena inicial de The Dictator (2012), inspirado en el autócrata libio y al parecer, ayudó a los milicianos a colarle una bala en la sien derecha al depravado coronel marcado por el 69.

Hay que decirlo, el 69 es un número medio bisexual, medio andrógino, se comporta y se define como una mujercito, como el término baronesa. Y para que no se me hagan los listos sobre las “falsedades” del esoterismo occidental, ahí les va una joya cabalística: en el año 1969, debut de Gadafi, Led Zeppelin lanzó su primer disco homónimo. Plant y compañía fueron tildados de “monos chillones” por la baronesa alemana Eva von Zeppelin, sobrina del inventor del dirigible. La aristócrata se sintió ofendida porque los músicos de Londres colocaron en la portada de su disco la famosa imagen del incendio del dirigible Hildenburg, nombrado así en honor al hombre al que se le ocurrió designar como canciller de Alemania a Hitler: tirano acomplejao por tener un solo huevo y que tenía como amante a otra alemana de nombre Eva.

Y para finalizar, Eva, la original, la de la costilla, lo echó todo a perder de un mordisco; al parecer no fue dando un chupón sino fajá con una fruta, una manzana dicen. La manzana cuando fermenta se pone carmelita –braun en alemán– y se convierte en sidra, la que desean todas las parejas en sus perras bodas, la que seguro bebió Hitler con Eva Braun horas antes de ponerse un balazo en la sien derecha. Y Sidra es el nombre del golfo que baña, desde hace más de cinco siglos, a Sirte, ciudad costera libia donde nació y murió sodomizado, a los 69 años, un viejo verde de la tribu Qaddafa.

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